En la víspera del natalicio de Benito Juárez se hace necesario hacer una revisión, no de su figura (tan rodeada de mitos que van de la más brillante luz a la más oscura sombra) sino de su obra y su proyecto de Nación, que en aquellos días de zozobra mantuvo a la Patria a salvo de ser un mero protectorado de Estados Unidos o Francia, cuando las entonces más poderosas naciones de América y Europa se disputaban el territorio mexicano.
Del pasado a la actualidad hay siempre puentes que se tienden para entender lo que como país somos. Juárez es uno de ellos, en su calidad de jurista y piedra angular para la construcción del actual Estado mexicano.
La visión moderna para el estudio sistemático de lo contemporáneo nos permite abordar los procesos históricos de manera integral, donde no se pueden excluir hechos o individuos.
Para entender, explicar y ubicar, a cada etapa y personaje en el contexto de su momento histórico, sin condenar ni glorificar, hay que revisar tanto a los "vencidos" como a los "vencedores".
Al margen de maniqueísmos (es decir, ubicar de manera más o menos acrítica una figura nacional en el territorio subjetivo de lo "bueno" y lo "malo") Juárez logra vencer obstáculos de tipo racial y cultural, sino también de orden político al interior y exterior del país.
Es Colombia el país que en su momento lo nombra "Benemérito de las Américas", comprendiendo la palabra "benemérito" como "digno de mérito".
El estudio y conocimiento de estos temas son indispensables para comprender la problemática actual que vive el país y por lo tanto, se justifica con creces estudiar a Juárez.
En él confluyen aspectos importantes que no se han valorado en toda su magnitud y entre ellos destaca su papel de esposo que se muestra vanguardista -para aquellos años en los que la mujer era virtualmente un mero objeto o mueble de casa- a quien hace partícipe de su ideario político y le abre horizontes para que ella (Margarita Maza) sea, además de esposa y madre, una destacada diplomática.
Las condiciones adversas de su vida familiar y el temple de su carácter, la hicieron, al igual que a Benito Juárez, una mexicana excepcional de su tiempo.
No se trata de ver el periodo juarista, ya lo he advertido líneas arriba, como un gobierno perfecto, pero de no ser por la actuación de Juárez, indiscutiblemente México en aquella época hubiera tenido una postura como la de cualquier otro país de América Latina, a favor de nuevas formas de colonialismo y tendencias represivas.
Para Juárez, el liberalismo auténtico es incluyente siempre y cuando se participe y recree la libertad intelectual.
En ese sentido, el tiempo que nos ha tocado vivir no es ya de guerras civiles ni de intervenciones extranjeras; es en cambio de lucha por construir un proyecto de Nación en donde la sociedad tenga un preponderante papel participativo, deliberativo, un constante debate de ideas que nos lleven a una libertad de pensamiento y acción que tenga como fin último el avance permanente y sostenido hacia un país mejor para todos.
Esto es, en una palabra, democracia.
Y la democracia no es sólo una circunstancia electoral, sino en esencia una herramienta para una vida social en donde impere la pluralidad, la inclusión, sin lugar para la marginación y el menosprecio de quienes piensan o son diferentes a nosotros por cuestiones de raza o cultura.
Si en armonía dirimimos esas diferencias teniendo como objetivo común una sola cosa: México, los problemas nos harán "lo que el viento a Juárez".
Si eso es ser juarista; sí, lo soy.
1 comentario:
ALEJANDRO: Como claramente lo indicas: ver a Juárez en su justa dimensión. Con luces y con sombras, como uno de los constructores de las instituciones que ahora nos permiten vivir en la democracia. Sin idealizarlo ni sobrevalorarlo. Por eso eres justamente el gobernante que nuestro Estado espera. Enhorabuena. JOSÉ SANTOS
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